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Zohar Sharon, ¡un golfista ciego!Por Dr. Roberto Ebner* |
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En el contexto de los XI Juegos Macabeos Panamericanos, el pasado mes de diciembre, se dieron cita en la ciudad de Buenos Aires delegaciones deportivas de diversos países del continente así como de otras naciones invitadas, tal el caso de Inglaterra, Sudáfrica, Australia e Israel. Los atletas convocados desarrollaron distintas disciplinas deportivas entre las cuales el golf contó con un representante muy particular: Zohar Sharon, un golfista israelí no vidente. Al tomar conocimiento de su participación me puse rápidamente a buscar dónde se hallaba el jugador. Me encaminé a la cancha de golf y lo encontré en el tee del hoyo 11, donde se disponía en ese momento a hacer su tiro de salida. Me acerqué, me presenté como oftalmólogo dedicado a la neurooftalmología e interesado en el juego de golf. Le pedí que me dedicara unos minutos que luego se transformaron en horas y terminaron con una increíble experiencia entre un golfista no vidente y un oftalmólogo.
Zohar, de 53 años, fue paracaidista en el Ejército de Defensa de Israel (ZAHAL). Perdió la visión en actos de servicio a la edad de 23 años. Quedó con su OD sin visión y su OI con visión luz (neuritis óptica bilateral, según me explicó). Luego de unos años de reeducación visual con la organización de veteranos discapacitados de ZAHAL, comenzó el estudio/práctica del golf y logró armarse de un swing que le permitió rápidamente impactar la pelota y hacerla volar. Con el tiempo, su trabajo constante, su habilidad y la ayuda de su amigo de toda la vida y actualmente caddie, de nombre Shimshon, logró perfeccionar un juego que lo llevó en dos oportunidades a ser campeón mundial de golf para no videntes en 2004 y 2006, además de ganador del abierto de Gran Bretaña para no videntes en 2006 y 2007. En estos últimos Juegos Macabeos, donde pude conocerlo, fue ganador de la medalla de bronce en juego individual.
Es interesante seguirlo por la cancha donde despliega un juego suelto y natural con maderas y hierros, haciendo que la pelota viaje en los pares 3, 4 ó 5, las distancias necesarias para aproximarse al green gracias a una rutina precisa. Primero el swing de práctica, luego el caddie coloca la pelota y la cabeza del palo (el que corresponda en cada oportunidad) en la posición adecuada. De esta manera Zohar se aproxima, toma la vara del palo por el grip y ejecuta su tiro (siempre que lo vi, un gran tiro).
Al llegar al green, con el putter en la mano, es guiado a caminar la distancia que separa la pelota de la bandera (hoyo) sintiendo con sus pies, la distancia, la caída del piso, la firmeza de los pastos e imaginar así el tiro que debe ejecutar. De este modo, recorridos los 18 hoyos, Zohar muestra un jovial humor, una satisfacción infantil por el juego que lo entretiene y en el cual él es bueno.
Compartimos con él, su caddie Shimshon y la representante de ZAHAL que lo acompañaba (Ora Z.) un refrigerio y varias horas de charla interesantísima, donde me pusieron al tanto de los planes de ayuda al discapacitado en actos de servicio (veteranos de guerra), particularmente en el área de la rehabilitación visual.
Impacta ver cómo el ser humano se sobrepone al dolor, al handicap visual (en este caso), a la depresión y logra encontrar una actividad que lo recrea, que le propone nuevos desafíos y que lo convierte en un competidor de sí mismo para lograr nuevas metas.
El espíritu del hombre es insondable, Zohar es un ejemplo de esfuerzo y victoria personal. ¡Te saludamos desde aquí, tu ejemplo es para ser seguido!
*Jefe de Oftalmología, Hospital Británico de Buenos Aires
Mi nombre es Graciela. Mi edad, como dice el clásico, una mujer que atraviesa las cuatro décadas. A los 9 años comencé con problemas visuales que desembocaron, a lo largo de diez años, en diecisiete cirugías.
Prefiero no mencionar qué tipo de enfermedad tuve, pues es un caso muy extraño en niños y jóvenes, muy poco frecuente, y podría atemorizar a alguien que busque alguna comparación sin fundamento alguno.
Lo que sí me interesa contar es que a lo largo de esa década, mi disminución visual iba aumentando, sin prisa, pero sin pausa alguna; hasta que en los últimos años, antes de dejar de ver definitivamente, mi calidad de vida era mala y triste, pues, y más remontándonos a aquellos años donde no se hablaba de integración, inclusión, etcétera, etcétera, sentía una especie de vergüenza, culpa, obligación de disimular y un montón de sentimientos negativos. El hecho de ver muy poquito hizo que mis amigos o personas conocidas que no estaban al tanto se distanciaran de mí, pues pensaban que era soberbia o totalmente cambiante. ‘No saluda’ decían, y simplemente yo no alcanzaba a verlos. Los profesores del secundario tampoco sabían cómo tratarme. Mis compañeros, reconozco que algunos me ayudaban como podía, me trataban de ladrona, pues tomé un objeto que pertenecía a otra persona, ya que lo confundí con algo de mi pertenencia porque no lo distinguía. Cruzar las calles o esperar colectivos era una tortura porque no me animaba a pedir ayuda. Hasta pasé por la humillación que me creyesen prostituta, cuando me subí al auto de un joven que era del mismo color que el de mi padre, e incluso llegué a pensar que vivir de esa manera no tenía sentido.
En la operación número diecisiete la situación, que para mí era terrible, llegó a su fin, pues dejé de ver definitivamente y lo que a simple puede parecer un problema, fue el comienzo de una solución. Un matrimonio de personas ciegas y me convenció de utilizar el bastón blanco y ahí pude comprender que, muy lejos de ser un símbolo de compasión, era un símbolo de independencia, libertad y que me identificaba, para que la sociedad comprendiera que necesitaba ayuda, y cayeron así muchos prejuicios hacia mi persona. Pude cursar estudios terciarios y hacer muchas cosas que, viendo muy poco, no podía hacer, pues muchos se ocuparon en adaptar sistemas que me fueran útiles y volví a tener sueños y proyectos.
Este pedacito de historia de mi vida no pretende ser un ejemplo, sino un consejo para aquellos que pasen por una situación parecida. Si tienen una disminución visual identifíquense con un bastón verde, si no ven nada, con uno blanco, y soliciten ayuda y permitan que se la brinden.
A los oftalmólogos, humildemente les pido, que cuando tengan pacientes en estas situaciones, los deriven a los distintos centros o institutos que hoy afortunadamente existen, para que los apoyen, ayuden y asesoren a las personas con discapacidad y a sus familias.
Si en algo sirve mi relato, sinceramente, me gratifica.
Graciela, una mujer que atraviesa las cuato décadas.
“Corro sin ver más que la pista despejada justo delante de mí. Hay otros pies que mantienen una cadencia constante a mi lado. No sé cuántas corredoras tengo delante o detrás. El grupo de competidoras es un ser multicolor, que jadea y da codazos a mi alrededor, abriéndose paso. El ritmo se acelera y nos acercamos a la meta. Solo entonces el grupo se deshace, espaciándose. Siento la suave curva que indica el inicio de los últimos 200 metros hasta la línea de meta, y el sprint final por la última recta. Ahora estoy compitiendo contra personas individuales, pero, ¿quiénes son? ¿Quién es la que acaba de adelantarme? ¿A quién le estoy sacando delantera? No lo veo. ‘¡Pero qué más da!’, me digo a mí misma. ‘Ver sus caras no me va a facilitar ganarles.’
No veo la línea de meta.
La cruzo.
Me inclino hacia delante, jadeando. Siento que alguien, una de mis rivales, me coge de la mano. Andamos por la pista intentando recuperar la respiración, y esperamos a que anuncien el orden de llegada. Yo no veo el tablero eléctrico con los nombres. De repente, por encima de mi respiración agitada, escucho la ovación de la multitud.
¿Quién ha ganado? –pregunto.
Tú –responde ella.”
[Marla Runyan no ve el tablero con los nombres porque es ciega. Como no ha visto la pista ni la línea meta. Pero ha corrido y ha ganado. La ocasión a que aquí se refiere fueron los Juegos Panamericanos en Winnipeg, 1999.]
“Soy la primera atleta legalmente ciega que ha participado en los Juegos Olímpicos [los Olímpicos propiamente dichos, no los Paralímpicos] aunque no gané la final. No veo ni la “E” grande en el tablero del oculista, pero puedo correr. El problema radica en una cuestión de percepción: la gente confunde ‘discapacitado’ con ‘inepto’. Es cierto que tengo una minusvalía, pero no soy incompetente. Tengo cierto ángulo de visión periférica que, si bien es borrosa, es suficiente para competir en una carrera olímpica. Soy capaz de ver los pies de mis rivales y el color de sus uniformes. Veo como se agitan las banderas, pero no distingo a qué países representan.
Lo único que no veo en manera alguna es la línea de meta. Cuando participo en una carrera no siempre sé si he ganado o no. No veo los relojes, ni los contadores de vueltas, ni los marcadores. Lo único que sé es que la línea de meta está al final de la recta. Pero se equivoca quien piense que mi falta de vista perjudica mi ritmo, porque soy una mujer de 32 años que hace mucho tiempo que se dedica a esto, y he llegado a comprender que no –repito no– existe una línea de meta.
En cierto modo mi falta de visión me resulta beneficiosa. Me fuerza a correr por el mero hecho de hacerlo. No corro para obtener medallas, aunque ya tengo unas cuantas en mi haber. Corro porque el propio acto de correr es una experiencia estética y cinética. Para mí, correr supone liberarme de la confusión y de los obstáculos. Significa olvidarme de la tecnología médica que me ha lastrado desde que era niña. Correr es verme libre del sedentarismo, del aislamiento, de la inactividad. Correr, para mí, es vivir.
Claro que me pasan cosas raras. En una ocasión uno de mis anteriores entrenadores, Mike Manley, se afeitó la barba que solía llevar, y cuando se me puso delante aquella tarde no lo reconocí. A una de mis antiguas compañeras de entrenamiento la reconocía siempre porque llevaba cola de caballo. Pero una tarde se sentó a mi lado en un banco y no supe quién era, porque se había cortado el pelo.
Yo estaba decidida a no usar jamás mi vista como una excusa. Si no podía hacer algo, nunca decía: ‘Es porque no veo.’ Si la causa de mi fracaso no era mi vista, entonces debía tratarse de un problema relativo a mi grado de esfuerzo o mi capacidad. Me convencía a mí misma para trabajar más duro. No quería usar mi vista como excusa, porque sospechaba que si cedía en el asunto más nimio, me sentiría tentada a ceder en las cosas más importantes, y además durante el resto de mi vida. No quería caer en el hábito de ceder.
Lo peor fue cuando alguien, cuyo nombre no mencionaré, me dijo que mi ceguera era un castigo de Dios por mis pecados. ‘Si aceptas a Jesús en tu vida y te haces cristiana, te sanarás milagrosamente. Necesitas tomar esa decisión rápidamente, para que se salve tu alma y no vayas al infierno.’ Tenía yo entonces 14 años.
Suelo decir: ‘Soy una atleta con una discapacidad, no una atleta discapacitada.’
Y tengo siempre presente la regla número uno: ‘Recuerda que la persona con la que hablas no sabe que no ves.’
Marla Runyan, Sin línea de meta.
A los 23 años, Miguel pasaba sus días en la cocina de su casa, escuchando la radio. Cuatro largos años habían pasado desde que le comunicaron que su ceguera era irreversible. Por conformar a su madre, y quizás con alguna esperanza, agotó las consultas a cuanto curandero o manosanta le recomendaron. Sus días transcurrían monótonos, sin proyectos. Atrás había quedado el tiempo en que se ganaba la vida en un taller de electricidad del automóvil. Sus amigos, que en un principio lo visitaban, fueron espaciando los encuentros, ante la negativa de Miguel de acompañarlos en sus salidas. Sus padres tenían terror de que el se cayera en la calle, o que la gente lo importunara con preguntas o comentarios lastimosos. Se había refugiado en la seguridad de su casa, en los suburbios, donde se sentía a salvo, eludiendo el compromiso de la búsqueda.
Cierto día, un pariente que llegaba del interior, acertó a visitarlo. Comento que un ciego conocido suyo sacaba buena plata pidiendo en la estación de Quilmes, y le sugirió que hiciera lo propio en Constitución. Para su sorpresa, la familia opinó que una estación era un lugar seguro, ya que podría tener un sitio fijo, sin necesidad de deambular. Por otra parte, el colectivo lo dejaba casi en la puerta de la casa.
Mientras la familia discutía cual seria el horario más apropiado para la actividad que desarrollaría Miguel, éste permanecía en silencio. Le hicieron prometer que al menos lo iba a pensar.
Al día siguiente, la madre aprovechó el primer mate, que era el momento en que podían conversar los dos solos, sin testigos.
_ ¿Qué te pareció la idea del tío? Estaría bien que salieras a hacer algo, a distraerte…
Algo en la voz de la madre, obró lo que hasta ahora parecía imposible. Nunca había aceptado la idea de ir al Instituto de Ciegos, ya que él un poco de luz veía. Esa autorización a salir, esa incitación a hacer algo, actuaron como disparador.
_ Si soy capaz de salir solo, será para ir a rehabilitarme. Mañana mismo empiezo.
Ema M. de Rosell
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Tengo 31 años y me llamo Gonzalo. Hace ya casi tres años que se me diagnosticó retinopatía proliferativa severa en ambos ojos. A causa de mi diabetes, esa misma enfermedad que hoy me doy cuenta que nunca supe manejar bien hasta que los problemas estuvieron presentes y para quedarse.
Simplificando, ¿qué es lo que tengo?
Baja visión en ambos ojos, veo nublado, no veo de lejos y de cerca, no es gran cosa. No puedo leer, no puedo usar la computadora, no puedo andar por la calle sin ayuda… no puedo.
Justamente así me sentí el día que me dí cuenta que lo mío no se curaba. Que no era temporal, que aquellas cosas que hacía antes, no las podía hacer. Aunque suene un poco duro me doy cuenta que me sentí muerto a los veintiocho años.
Antes de que esto me sucediera vivía solo, trabajaba en una empresa de informática, disfrutaba de leer, de estar mis tiempos solo, salir sin decirle a nadie a donde iba y regresar cuando yo quisiera.
Por eso digo que me sentí muerto, porque aún sin estarlo, toda mi forma de vivir se vió severamente alterada y modificada.
Como muchos tantos otros he visto por la calle a personas ciegas con bastón blanco, pero nunca me detuve a pensar como viven, como se cocinan, como pagan sus cuentas, como se divierten.
Y en el momento que me pasó esto que relato, menos aún tuve la claridad para pensarlo.
¡Qué fácil es para quién ve decirte que esto no es la muerte! Que uno puede llevar una vida normal.
Lo primero que pensé es que no quería quedarme ciego, como si por sólo desearlo alguien me iba a escuchar, ¿Dios?, y nada iba a pasar.
Sentía impotencia, no poder hacer nada y lo peor de todo el problema estaba al alcance de mi vista, o de lo que quedaba de ella.
Es toda una mezcla de sentimientos pero si tengo que elegir uno: es aturdimiento.
Durante meses mientras me seguía atendiendo por mi oftalmólogo, mientras una y otra vez iba derivado hacia Capital Federal a que me realizaran una cirugía tras otra, mezclándose en mi cabeza y en la de mi familia, nombres y más nombres técnicos; esperaba la solución.
Esperaba volver a ver.
Hasta que en una de esas derivaciones médicas que los pacientes del interior realizamos constantemente; mi oftalmologo, el que me operaba y quien se había hecho cargo de mí, el doctor Tomás Castro Feijó, me dijo claramente que mi condición era irrecuperable.
Quizás esa no fue la primera vez que lo dijo, quizás fue la primera vez que acepté lo que decía.
Recuerdo que salí del consultorio, caminaba tomado del hombro de mi papá; y rodeado de gente, en plena capital federal, me puse a llorar. Por última vez tan arrepentido a causa de lo que me pasaba y de lo que por acción u omisión me había llevado a esa situación extrema.
Pero creo que a partir de ese día me di cuenta de mi nueva realidad. De que mirar para atrás no servia. Para adelante, por más difícil que pareciera había muchas cosas por hacer y conocer.
Agradezco a mi familia, a mi papá que en ese momento fue el que representó al resto de los míos, que me prestó el hombro para desahogarme, para despotricar porqué me pasaba todo eso.
Sin saber bien que tenía que hacer, supe que tenía que hacer algo. Que me debía dejar ayudar por los que me querían, que aún habiendo perdido casi toda mi vista seguía estando vivo. Incluso tal vez más vivo que antes.
Antes cuando veía sin problemas, nunca me detuve demasiado en algunas cosas. Hoy me doy cuenta que sin ver miro mucho más a las cosas que me rodean.
Nadie disfruta como yo, es una manera de decir, de poder caminar solo con mi bastón pero solo, hasta la universidad donde estoy estudiando.
Nadie disfruta más de leer un libro en braille o a través de la computadora.
Nadie disfruta más viendo tan mal como veo yo, cuando logro distinguir algo en una pantalla.
Se que puede sonar a poco. Pero es algo.
Algo que me permite vivir y progresar, avanzar, lograr las cosas que quiero.
Muchas veces es difícil, pero igual se hacen las cosas.
Todos los días se aprenden cosas nuevas, se reaprenden otras, se buscan nuevos métodos.
El tener baja visión me ha llevado a eso, a aprender a hacer muchas tareas que antes ni siquiera quería hacerlas por falta de tiempo, por desgano o por lo que sea.
No me creo más que nadie, no me creo mejor persona ahora sin ver que antes que veía, pero definitivamente hoy no me siento menos por no ver.
Gonzalo (Ushuaia)
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